reflexiones, relaciones, vida

No olvides verte.

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¿Alguna vez te has encontrado frente a alguna situación y en algún momento te das cuenta que estás sintiéndote como un niño y no como un adulto? Sintiendo todo de una manera desproporcionada… una tremenda tristeza, un dolor muy grande, una confusión terrible, un no saber ni siquiera qué hacer… como lo viviría un niño pequeño, desde su inexperiencia, desde su incomprensión de la vida que le rodea, con toda esa fragilidad que lo pone vulnerable y esa necesidad de que alguien más lo cuide.

¿A veces sientes que hablas y nadie te escucha, hace mucho que no te sientes bonita o guapo, te derrumbas por cosas sencillas, te estás sintiendo un peso en la vida de alguien, te quedas paralizado en algunas situaciones, sientes que no te mereces cosas mejores, piensas que lo estás haciendo todo mal, que los demás no te quieren, no sabes cómo relacionarte con los demás, continúas diciéndote adjetivos negativos y enjuiciándote, sientes y reaccionas de manera exagerada, descuidas tu salud, te sientes culpable cuando te va bien, te estancas en los errores…?

Todo esto es señal de que algo anda mal. Es señal de que dentro de ti hay un(a) niño(a) herido(a) queriendo ser visto(a) y tomado(a) en cuenta. Te está recordando que necesitas verte a tí mismo y hacerte cargo de él/ella.

Cuando eramos pequeños, aunque hayamos tenido una infancia feliz, vivimos situaciones que nos marcaron de cierta forma. Con algunas vivencias nos sentimos tristes, con otras confundidos, con otras preocupados, con otras castigados, con otras ignorados… y la lista podría seguir. Y cuando siendo adultos vivimos algo que nos hace sentir un poco como cuando éramos pequeños, podemos llegar a sentirlo tan fuerte como si regresáramos en el tiempo. A ésto podemos llamarlo: vivir desde el niño. Un niño que tal vez no recibió lo necesario para crecer y sentirse completo.

La parte más vulnerable que todos llevamos dentro desde la infancia, que está tan oculta y olvidada, se puede destapar en momentos de estrés; a veces el vivir un periodo difícil, una emoción fuerte o el convivir con situaciones o personas que nos remontan a algún sentimiento de la infancia puede abrir nuestras heridas de niño. Hay personas que están tan acostumbradas a no sentir que cuando comienzan a sentir desde su niño herido experimentan sentimientos tan fuertes y sorprendentes que no saben cómo manejarlos, teniendo reacciones irracionales e infantiles.

Es un llamado de ayuda de nuestro pequeño(a).

Por lo tanto, es bueno afrontar ésta situación acercándonos a él/ella y ayudándole a sanar sus heridas. De una manera amable, protectora, tranquila, como lo haríamos con un niño pequeño que tenemos que cuidar. Reconocer el sufrimiento que tuvo, el dolor y todo lo que ha experimentado, es un paso muy importante, pues hacerlo nos permite apreciarnos a nosotros mismos, ser buenos con nosotros mismos. Es entonces cuando nuestra parte adulta puede abrazar a ese niño interior y comenzar a hacerse cargo de él/ella. Así podemos dejar de depender de alguien más para sentirnos bien y sólo depender de nosotros mismos, pues cuando algo nos remonte a algún sentimiento de la infancia, tendremos la consciencia para que, desde el adulto, nos hagamos cargo del dolor de nuestro niño interno y lo acompañemos en todo momento.

En nuestra infancia está la clave para entender por qué somos como somos, qué cosas pensamos, sentimos y actuamos antes, y qué cosas seguimos repitiendo en la vida adulta. No es algo fácil, a veces nos da miedo voltear a ver hacia nuestro pasado, pero vale la pena. Y cuando no podemos solos es bueno pedir ayuda de alguien que también pueda ser amable con nosotros.

Mientras más integrado tengamos a nuestro niño interior con la consciencia de sus heridas, mejor podremos manejarlas. Así se hará más sencillo hacernos cargo de nosotros mismos.

Voltea a ver a tu niño, abrázalo y cuídalo. Voltea a verte a tí.

Lucía Victoria.