opiniones, pensamientos, vida

¿Tú también aprendiste que «está mal» decir NO?

Muchas personas hemos sido educadas desde la culpa. No estoy diciendo que esté bien o que esté mal, de hecho evito (cuando puedo) calificar con algunas de estas dos palabras cualquier cosa. Prefiero enfocarme en los resultados que nos traen las cosas como las hacemos para luego preguntarnos si queremos seguir haciéndolo igual o mejor cambiamos la manera.

El asunto es que si nos ponemos a recordar cómo se solían relacionar los adultos con los niños, muchas veces podemos identificar situaciones en las que se hacía a través de la culpa. Hay muchas personas que cuando los hijos no hacen caso se enojan, les dicen cosas como “tú tienes la culpa de que ___(te grite, me enoje, te pegue, etc.)”; cuando llega visita y el niño o niña saluda pero no quiere dar beso le dicen cosas como “¿no le vas a dar beso a tu tía?, ¡qué feo!, ¡pobrecita de tu tía, va a llorar!”, a veces hasta fingen que están llorando 😳🙄… (el objetivo pareciera ser que el niño se sienta culpable y que los adultos logren lo que quieren). A muchos se les ha educado de manera que el mensaje recibido es que hay que complacer a los mayores, hay que hacerles caso, no hay que decirles que no porque eso los hace ser groseros o malos. O se les ha hecho sentir rechazados o no queridos como castigo por no haber permitido que se transgredieran sus límites personales. (Quiero recalcar que esto de lo que hablo es diferente a los límites que tienen que ver con la disciplina y educación, por ejemplo cuando un niño no quiere levantarse temprano pero hay que levantarse temprano para ir a la escuela y entonces ponemos límites y consecuencias; no estoy hablando de dejarlos hacer lo que quieran siempre). Y entonces, en lugar de recibir el mensaje que los papás desearían realmente para sus hijos, los hijos reciben el mensaje de que hay que ser complacientes, de que a veces hay que dejar que traspasen sus límites e incluso que para ser queridos y aceptados es necesario hacer cosas aunque no les gusten tanto.

Es a esto a lo que le llamo cultura de la culpa. Esto que en algún momento a todos nos hace más difícil poder decir “NO QUIERO” cuando alguien nos ofrece algo que no queremos, cuando nos piden un favor que se nos dificulta por cualquier razón o cuando nos invitan a algún lugar que no queremos ir, y solemos sustituir por la frase “NO PUEDO por…”.

– Quiero invitarte a tomar un café para conocernos mejor.

– Hmm, gracias pero no puedo porque tengo otro compromiso… (Cuando realmente simplemente ¡no queremos!; ¡y si no queremos pues no queremos!)

De hecho, ¿quién no ha hecho un favor que no quería hacer pero terminó haciéndolo porque no fue capaz de decir que no?, aunque haya representado verse en un apuro o batallar con alguna cosa o incluso haber dejado de hacer algo que tenía programado en ese momento con tal de que la otra persona no se enojara o «se sintiera».

¡La culpa!

Que el otro no se enoje, que no piense que no lo quiero, que no se siente mal… que no lo malinterprete. (Como si realmente pudiéramos controlar lo que los demás piensan y sienten 🤷🏻‍♀️)

¡Qué pesada la culpa!

Y así vamos creciendo, sintiendo que somos culpables de algunas cosas, de no hacerle algún favor a un conocido, de no hacer sentir bien a alguien, de haberle roto el corazón a alguien por haber tomado una decisión que necesitábamos tomar por nuestro bien… y hasta pensando que por eso merecemos castigos (divinos o de cualquier tipo), que no merecemos cosas buenas, que no merecemos ser nuestra prioridad y cuidarnos a nosotros mismos de las cosas que no nos hacen bien.

Y yendo un poco más lejos, luego nos preguntamos por qué una niña no es capaz de decir que no quiere algo que le parece incómodo o incorrecto, cuando alguien está abusando de su confianza o cuando quieren aprovecharse de su inseguridad, esa inseguridad y confusión que se le ha creado a raíz de que nadie le dijo que estaba bien decir que no cuando no quería (nadie le enseñó a expresar lo que sentía, a entender que lo que siente sí es importante y que también es importante poner sus límites). Entonces, si el tío o amigo de la familia que es muy querido está pasando el límite abrazando a la niña de una manera indebida, la niña siente incomodidad, pero no es capaz de decirle a nadie porque duda si eso está bien o no, duda si debe ser complaciente y evitar conflictos, duda incluso si sólo se lo está imaginando o ella lo está malinterpretando. Cuando lo que debería saber es que si ella se siente incómoda (incluso aunque el tío no lo esté haciendo con una intención indebida) ella podría decir que no le gusta. ¿Por qué es tan difícil para ella decir que esa manera de abrazar le incomoda?, ¿es más importante lo que el tío sienta si se le pide no hacer algo específico?, ¿por qué?, ¿pueden ver lo incongruente?

Imaginen toda esta culpa junto con «los secretos» que hay en las familias; no es una sorpresa que en este país tengamos los índices más elevados en abuso sexual infantil.

Y bueno, tales consecuencias no sólo alcanzan a los niños, también a los adultos, como antes mencioné. No es raro encontrarme personas en terapia que comentan que les es muy difícil poner límites, poder decir que NO cuando no quieren hacer algo, etc. Hay muchos adultos que terminan haciendo cosas que realmente no quieren hacer porque el miedo de ser rechazados o no aceptados por alguien si no hacen cierta cosa es más grande que la lógica del momento.

No estoy proponiendo que no hagamos nunca favores o que nos volvamos personas enfocadas solamente en nosotros mismos, que hagamos todo lo que nos da nuestra gana sin importar los demás ni que seamos groseros. Lo que propongo es que seamos más conscientes sobre cómo nos relacionamos con las personas y cómo le enseñamos a los pequeños a relacionarse con las personas. La disciplina, la comunicación, los límites, las reglas y consecuencias congruentes y los acuerdos claro que son muy importantes siempre en nuestras relaciones humanas, entonces traería buenos resultados aprender nuevas maneras de relacionarnos con las personas sin necesidad de usar la culpa y el castigo como se ha usado ya. Aprender a relacionarnos tomando responsabilidad de nuestras propias emociones y sentimientos y dejándoles la responsabilidad de sus propios sentimientos a los demás, como adultos que pueden hacerse cargo de ellos (si no pueden hacerse cargo, es asunto de ellos buscar cómo manejarlo, [en terapia los recibimos con los brazos abiertos 👐]); luego comunicarnos de manera adecuada para llegar a acuerdos si es necesario.

Existe información sobre éstas nuevas maneras, los invito a documentarse al respecto y así crear relaciones más conscientes y sanas, en las que sí podemos marcar nuestros límites en todos los sentidos y no dudemos en ponerlos claros. Vale el esfuerzo aprender nuevas formas. Todos lo merecemos.

Lucía Victoria

opiniones

¿Doble moral?

Para mi la doble moral no existe, y si existe es sensata, pues cada quien se forma de acuerdo a principios y actúa diferente en diversos ámbitos de la vida. Así no hay moral.

He encontrado en internet muchas personas que aprovechan cualquier publicación o video para acusar a otros de ser «de doble moral» y me parece que al juzgar a otros por su supuesta doble moral las personas se autoproclaman defensores, y aún más importante, practicantes de «la moral», de las buenas costumbres, las cuales, sinceramente, muchas veces no están dispuestas a asumir completamente. Es facilísimo caer en incongruencias y mucho más cuando se habla de moral; como también es facilísimo buscar algo que criticarle al otro para evitar primero autoevaluarnos.

Yo no creo en la doble moral, creo en el libre albedrío, la congruencia en la vida de la gente y en el respeto por las decisiones de vida de cada quien.

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Lucía Victoria.

pensamientos, reflexiones, respeto, vida

Si realmente llegáramos a comprender no podríamos juzgar.

otra perspectiva

Siempre me ha interesado éste tema, durante años he estado trabajando con mis ideas irracionales y evitando mis propias suposiciones sobre el concepto que tienen los demás de mi. Sí, para algunas personas es más fácil vivir despreocupadas; supongo que mi historia familiar no me dejó ésta tarea tan fácil, puesto que es una de mis más grandes debilidades, a pesar de que si me detengo a pensarlo sólo un momento regreso pronto a la idea de que no puedo tomar en cuenta todo lo que piensan de mi para sentirme tranquila.

Todos los días lo escucho de las personas que vienen conmigo a consulta, en especial de niños y adolescentes a los que molestan en la escuela o secundaria, «es que me molestan», «me da mucho coraje que me digan cosas, yo no me dejo…», «me da pena pasar al frente porque se van a reír de mi»; pequeños, no saben lo que les espera si siguen preocupándose por todo lo que piensen los demás… pueden acabar como yo jajaja.

En mi trabajo y con las situaciones que vivo a diario he aprendido a ser paciente, a escuchar primero y a no juzgar a la gente sólo teniendo 2 o 3 datos del caso, aunque a veces resulte difícil deslindarse de ciertos prejuicios. Entiendo que para algunas personas no es fácil pensar más allá de lo que quieren ver o suponer, así como comprendo también que la mayoría de ellas son inconscientes del alcance que tienen sus palabras y los graves problemas que pueden crearse a partir de una simple suposición.

Por mi parte, he entendido que siempre hay una explicación, que siempre hay una historia detrás de cada persona, hay una razón por la que actúa así (por horrendo que nos pueda parecer lo que algunas personas hacen). A veces nos atrevemos a decir: «yo nunca hubiera hecho algo así, ¿qué le pasa?, ¿por qué no pensó…?» pero difícilmente podremos saber lo que pasan los demás realmente porque no estamos en sus zapatos; y con ésto me refiero no sólo a estar en la misma situación, sino a que no estamos en su mundo mental, no fuimos criados por las mismas personas, con las mismas costumbres, con esas ideas, miedos, cultura, principios y creencias que le inculcaron desde niño. Solemos pensar que no haríamos «tal o cual cosa» que hacen los demás y a veces terminamos sorprendidos de las decisiones que tomamos ante diversas situaciones.

Hablando de entender para no juzgar, por ejemplo, cuando los hijos nos atrevemos a juzgar a nuestros padres. Un gran número de circunstancias en la vida de las familias pueden llevar a los hijos a crear un concepto negativo de uno de los padres («mi papá fue un irresponsable, nunca se hizo cargo y se fue», «mi mamá no tiene perdón», «mi padre no se merece ni las gracias», “por culpa de mi mamá no pude vivir con mi papá” y podría seguir la lista). Algo parecido pudo haberme pasado, de hecho alguna vez en mi vida llegaron a pasar por mi cabeza pensamientos similares. Con el tiempo fui dándome cuenta que un padre o una madre que podríamos considerar como «malos» llevan cargando historias de vida muy difíciles (lo que no justifica sus actos, aclaro). Ahora he conocido un poco más sobre la vida de mi papá, cómo fue su infancia y adolescencia, lo que me hacía entender mucho acerca de sus decisiones y actitudes; entendí por qué no se pudo quedar. A mi edad y con ayuda de buenos maestros, sé que una de las peores decisiones que podemos tomar es la de juzgar a nuestros padres y lo mejor que podemos hacer es agradecerles, ellos nos dieron la vida y hayan hecho lo que hayan hecho después, nunca podremos saldar esa deuda con ellos. Lo mejor es nosotros mismos acercarnos a ellos con humildad.

Podría decirse entonces que no existen las personas malas, sólo existen personas intentando sentirse bien de maneras equivocadas. A fin de cuentas todos lidiamos nuestras propias batallas, luchamos para salir adelante haciendo lo mejor que podemos, enfrentamos dolor, renuncias, desilusiones, miedos, etc. Cuando recibo gente en el consultorio primero escucho las «terribles» cosas que han hecho y después tengo la oportunidad de conocer su historia de vida; cuando me encuentro con personas que fueron abandonadas, rechazadas, maltratadas en la infancia, puedo ver por un momento frente a mi a ese niño indefenso que se siente desprotegido y que toma decisiones equivocadas para tratar de llenar ese vacío. Entonces en lugar de ver una mujer con sobrepeso puedo ver a una niña que después de sufrir un abuso trató de protegerse de otro ataque escondiéndose detrás de esa gran figura; en lugar de ver a un hombre violento puedo ver a un niño humillado y temeroso que busca protegerse de los supuestos ataques de los otros; en lugar de ver a una mujer que busca muchos hombres puedo ver a una niña abandonada buscando la aprobación de una figura masculina; en lugar de ver a un adicto que no quiere cambiar veo a un niño que piensa que ni su propio padre lo quiso;  la lista podría seguir…

No se trata de justificar todos los horrores humanos, sino de entender. Hay una diferencia muy grande entre éstas dos palabras, y lo que nos pudiera ayudar a comprender un poco a la humanidad (y a no vivir frustrados preguntándonos porqué la gente está tan «loca», «mal», «tonta», etc.) es precisamente tener en mente que no conocemos su historia, pero que debe haber una razón por la que esa persona es lo que es. Si es posible ayudar a hacer un cambio necesario, hacerlo; pero si no, simplemente respetar su vida y continuar con la nuestra.

El estar continuamente juzgando, evaluando, interpretando, suponiendo y creando historias «noveleras» en nuestra mente nos genera inseguridad, rencores y hasta puede llegar a deteriorar nuestras relaciones interpersonales porque cambiamos de actitudes a partir de nuestras suposiciones, y aunque después conozcamos la verdadera historia, esos sentimientos negativos ¡ya los generamos!

Cuando tomamos la decisión de no juzgar, nos estamos dando la oportunidad de encontrar la calma en nuestra conciencia. Además, comprender a los demás no solo nos ayuda a relacionarnos mejor, sino que nos deja con mucha más libertad. Cuando nos acostumbramos a no tomarnos nada personalmente y a soltar personas, cosas o situaciones, no necesitamos depositar nuestra confianza en lo que hacen o dicen los demás como manera de evaluarnos, por lo que estaremos más cerca de ser verdaderamente auténticos.

Lucía Victoria.

«Para juzgar cosas grandes y nobles, es necesario poseer un alma igual de grande y noble.» – Michel Eyquem de Montaigne.

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pensamientos, reflexiones, relaciones, respeto, vida

¿Parejas felices o personas felices que hacen pareja?

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No tengo temor de perderte porque no eres de mi propiedad ni de nadie mas. Te quiero por quien eres, sin ataduras, sin temores, sin condiciones, sin egoísmos, intentando no absorberte. Te amo libremente porque amo tu libertad tanto como la mía. 

Anthony de Mello

 

No todas las personas logran comprender o practicar éstas palabras. Muchos ven las relaciones de pareja como un sinónimo de posesión, se aferran a una ilusión de lo que esa relación va a ser, esperan que la otra persona sea de cierta manera y cuando se dan cuenta que la realidad no es como la esperaban la relación se viene abajo. Parece que a la gente le gustara amar sólo a una imagen que ellos mismos crean sobre la otra persona y, desafortunadamente, eso no es amor.

Gandhi una vez lo dijo así: El amor y la posesión exclusiva no pueden ir juntos. Ahí donde el amor es perfecto debe haber una ausencia total de posesión.

Y es que es totalmente cierto, la persona que ama con un amor adulto es capaz de soltar, de dejar ser libre al otro, y también es capaz de soltar esas expectativas. En cambio, cuando amamos como niños buscamos llenar necesidades insatisfechas de la infancia, creemos que hay que darle al otro lo que a nosotros nos hace falta para luego exigirle que nos dé lo mismo. Pero así no funciona, estar todo el tiempo dándole al otro lo que NO nos pidió se convierte en algo agotador para ambos. De hecho, cuando das más de lo que el otro puede devolver, lo más seguro es que el otro tendrá una carga tan pesada que terminará por alejarse de una u otra manera. En la pareja debe existir el equilibrio entre lo que se da y lo que se toma. Por eso es importante que ninguno de los miembros reciba o dé más de lo que es necesario porque cuando eso pasa se generan posturas de «yo soy el pequeño, cuida de mí» (como niños) o «tengo que cuidar a mi pareja» (como mamá/papá), lo que puede hacer que la otra persona desee buscar a alguien con quien pueda estar en igualdad y se vaya. Aquí aplica la típica frase: “Yo no sé qué hago mal, si yo siempre les doy todo y aún así me engañan o me dejan.” Si tienes ese problema lo más probable es que estés dando de más a alguien que no puede darte lo mismo.

Cuando amamos como adultos no exigimos, no mendigamos, no manipulamos para lograr lo que nosotros queremos, no utilizamos al otro para levantar nuestro ego, no deseamos controlar que esa persona sólo nos mire a nosotros, no nos sentimos solos cuando no estamos con esa persona, no actuamos como algo que no somos ni pedimos que el otro actúe, aceptamos al otro como humano con errores. Cuando amamos como adultos damos un amor reconfortante, estamos con esa persona porque la queremos tal cual es y porque nos quiere tal cual somos, el amor que damos y recibimos trae paz.

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Pero ¿qué es lo que pasa?, ¿por qué para algunos resulta difícil vivirlo así?

El problema es que tenemos una idea equivocada de que el DESAPEGO es frío y duro, se ve como indiferencia o insensibilidad, y eso no es así. No está mal ser afectivamente libres, el desapego no es desamor, sino una manera sana de relacionarse, más independiente, sin que esté de por medio el miedo al abandono ni en juego la identidad de las personas que participan en la pareja. Ser desapegado tampoco quiere decir ser egoísta ni deshonesto, no promueve la promiscuidad o la falta de moral.

La realidad es que necesitamos hacernos muchas preguntas: ¿Por qué nos ofendemos si el otro no se angustia cuando no estamos?, ¿por qué vemos como algo malo si nuestra pareja no siente celos?, ¿por qué sentimos amenazante que el otro disfrute también el tiempo solo?, ¿por qué queremos que nuestra pareja nos necesite? Y una de las más importantes: ¡¿Por qué esperamos que la otra persona sea perfecta y no cometa errores?! Tal vez cuando nos contestemos esas preguntas nos demos cuenta que realmente no estamos preparados para una relación no dependiente. Habría primero qué enfrentar todos esos miedos de manera personal para luego poder compartir con alguien un amor maduro.

El mito de la media naranja parte de la idea de buscar lo que nos complementa. Lo que implica que no estamos completos ni felices hasta que encontramos al otro. Es algo parecido a la “pareja feliz”, que nos da una idea de que esas dos personas son felices porque están juntos (sólo por eso y sin eso no podrían estarlo). Pero sin duda, una persona que no es feliz estando sola, no podrá serlo buscando lo que “le falta” en otra. Si no somos felices sin esperar que el otro “nos haga feliz”, difícilmente podremos tener una relación de pareja sana. Tú no eres el responsable de la felicidad de tu pareja, si te sientes así, probablemente algo esté en desequilibrio.

La vida es un movimiento constante, el deseo de que todo permanezca igual va contra la vida. Sólo si sueltas el apego a que las cosas permanezcan siempre iguales podrás disfrutar de los cambios que existen en una relación de pareja, pues el amor más pleno es una serie de muertes y renacimientos: La pasión muere y es traída de regreso; el dolor es ahuyentado y resurge en otro momento. Todo esto en una misma relación.

Mientras estemos en pareja con una persona, lo mejor que podemos hacer es alentarla a dejar salir lo que realmente ES, cada vez más, y sin tener la intención de cambiarla, apoyarla en su proceso personal para ir convirtiéndose en un mejor ser humano, a su tiempo y porque así lo desea ella. Si te ama, te entiende, sabe tu ritmo, y a veces se unirá a él, pero en otras ocasiones simplemente te tendrá que dejar libre para que lo vivas tú.

Cuando en una pareja los dos se permiten ser auténticos no se pueden juzgar uno al otro; pueden hacer lo que realmente sienten, sin sentirse condicionadas, sin tener que “demostrarle” al otro su amor o tener que cumplir las expectativas, simplemente SON, viven su amor y lo comparten. Es entonces cuando no somos sólo una pareja feliz, sino algo mucho mejor, somos dos personas felices (y sin máscaras) haciendo pareja.

 

Lucía Victoria.

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